De nuevo sueñas con el acantilado.
Sueñas andar, de nuevo hacia el borde, pero sabes que esta vez, nadie estará allí para salvarte. Eso, a la vez te tranquiliza y te estremece.
Un escalofrío recorre tu espalda sudorosa.
Miras hacia abajo. No hay olas, pero notas que el viento te da en la cara y te desordena el pelo. No hay ruido, todo está en silencio.
El cielo es de un gris perla muy clarito, que te hace daño en los ojos al mirar.
Es la Costa del Silencio.
¿Cómo un sueño puede causar dolor?
No quieres saltar.
Por un momento vislumbras el techo de tu habitación, pero no quieres despertar.
Quieres quedarte allí, en calma, un lugar donde fuiste feliz, que fue protagonista de bellos momentos, que te hacen palpitar el corazón al recordarlos, que estremecen tu piel, que te hacen sonreír, de forma meláncolica y nostálgica, pero no es una sonrisa llevada por el dolor.
Es una sonrisa de aceptación y bienvenida a los recuerdos que te hicieron reír y llorar...



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