Hola Who.
Te escribo desde el manicomio.
Llevo mucho aqui encerrada, desde que tenía 19 años, y tengo 82...
Me llamo Elise. No he tenido familia jamás.
Sin embargo, sí he amado. Sé que hay alguien que alguna vez me quiso.
Me encerraron apenas terminada la II Guerra Mundial, y aún no he dejado de quererle, de desear su regreso.
¿Quieres que te cuente mi historia, una historia triste?
Él se llamaba Jack. Los dos vivíamos en Estados Unidos, y nos conocimos desde la primera vez que respiramos, desde nuestro primer latido de corazón.
Crecimos prácticamente juntos, y fuimos, desde siempre, un apoyo el un para el otro.
Recuerdo el día en el que su sonrisa, y su carita de niño bueno me enamoraron. Debíamos de tener 12 años.
Cuando la II Guerra estalló, ya llevabamos unos meses saliendo juntos. Teníamos 15 años, y nos necesitabamos para vivir, cada latido, cada respiración era de los dos.
Nos amabamos... Cada noche, si podía, se colaba en casa y me susurraba poemas hechos por él mismo. Eso sí, jamás se quedó toda la noche, o lo suficiente como para que nos descubrieran. Si no podía entrar en casa, me cantaba desde el jardín con su guitarra, y sino, desde su casa, próxima, me tocaba "Fur Elise" y me sonreía desde su ventana.
Apenas con 17, se lo llevaron a Europa a combatir. Era sólo un niño, pero iba ilusionado a combatir por su país.
Entre lágrimas, nos despedimos, y nos juramos fidelidad. Me dijo que regresaría, que recibiría noticias suyas.
Me prometió volver... Y jamás regresó.
En 1946, los soldados empezaban a regresar, y todos los días le esperaba, imaginando como llegaría a casa, como me besaría y abrazaría, y entonces me dijeron que nunca volvería. No me lo creí, no era capaz de soportarlo.
Me entregaron sus pertenencias, la pulsera que yo le entregué cuando se fue. También me entregaron una carta:
"[...] Elise, no pienses que nunca te amé. Mi último pensamiento es para ti. No me olvides...[...] Jack".
No fui capaz de recuperarme. No quería salir de casa, nadie fue capaz de arrancarme la desesperación que me ardía dentro del cuerpo, que me hacía arrancarme el pelo a mechones, hacer mi ropa jirones y arañarme hasta sangrar...
Un día, salí de casa, y fui al puerto. Volvía un barco lleno de soldados que volvían a casa.
Por supuesto, él no estaba.
Me quedé allí llorando hasta que mis lágrimas se secaron. No volví jamás a casa. No volví a ver a nadie que me hubiese valorado. Pasé mis últimos días de libertad en el puerto, sentada en el embarcadero donde tantas veces jugamos él y yo, con las olas acariciando mis pies, como lamentando mi pérdida.
Me metieron aquí, al manicomio, por un diagnóstico de locura. Mis gritos resonaron todo el trayecto desde el puerto hasta aquí.
Nunca conseguí superar su ausencia. Aún me parece verle, tan ufano, tan adulto, tan ... no lo sé, sólo sé que yo le amaba con todas mis fuerzas...
Sé que el día que muera, me estará recibiendo, dandome la bienvenida, y todo esto dejará de ser un castigo.
Le sigo viendo en sueños, sueños de los que no quiero despertar.



No hay comentarios:
Publicar un comentario